Friday, July 06, 2007


A Andy le gustaría tener más hermanos.

 

Lo discutimos una tarde cuando volvíamos a casa después de un partido, pero luego Allie sufrió el accidente y todo cambió.

 

‑Trygve asintió.

 

Seis semanas después Page ya no vivía con su marido y Chloe nunca sería bailarina, por no mencionar a Phillip, que había muerto, o a Allyson, cuya vida aún corría peligro‑.

 

Aun así, confieso que me atrae la idea de volver a ser madre, al menos una vez más.

 

Tendré que meditarlo a fondo.

 

Claro que también deseo reanudar mi trabajo artístico.

 

Incluso he reflexionado sobre lo que me dijiste el otro día, que podría pintar un  mural en la UCI.

 

Se lo he sugerido a Frances, la enfermera jefe, y me prometió que lo consultaría con la persona adecuada.

 

 ‑Yo querría poner una nota de arte en mi estudio.

 

¿Me aceptarías como cliente? Pero ha de ser pagando.

 

 ¡Me encantaría! ‑Espléndido.

 

¿Por qué no nos reunimos en casa mañana por la noche, después de cenar? Puedes traer a Andy.

 

 ¿No te hartarás de mí si ya hemos de vernos el jueves? ‑preguntó Page con prevención, y a él le hizo mucha gracia.

 

 ‑No creo que pueda hartarme de ti, Page, ni aunque nos viéramos todos los días y todas las noches.

 

En realidad, eso es lo que deseo que probemos.

 

‑Ella se sonrojó, y Trygve, que seguía tendido en la hierba, la atrajo hacia sí y la besó‑.

 

Estoy enamorado de ti ‑le susurró al oído‑, muy enamorado.

 

Jamás me cansaré de tu presencia, ¿me oyes? Tendremos diez hijos, viviremos felices y comeremos perdices ‑dijo entre risas y besos.

 

 Ella se meció alegremente en sus brazos, sintiéndose como una niña.

 

Era demasiado bonito para creerlo.

 

Sólo esperaba que durase y que no se tratara de un espejismo.

 

 Finalmente se incorporaron y Page decidió regresar a la UCI.

 

La agotaba pensar en todo aquello: los ejercicios, la terapia, los aparatos mecánicos, el silencio, la apatía total, la profundidad del coma.

 

En algunos momentos debía hacer un gran acopio de voluntad, pero siempre volvía.

 

Nunca fallaba.

 

 Las enfermeras podían guiarse por ella para poner los relojes en hora, ya que todas las noches llegaba puntualmente y pasaba largo tiempo con Allie, acariciando su mano o sus mejillas, hablándole en susurros.

 

 ‑Te acompaño ‑dijo Trygve.

 

 Page metió el ramillete en la cesta vacía, cogió su brazo y ambos subieron a la planta riendo, charlando en tonos quedos, ella muy serena y con una nueva dicha dibujada en el rostro.

 

 ‑¿Han comido bien? ‑preguntó una enfermera desconocida cuando llegaron junto a la cama de Allie.

 

 Page se había familiarizado ya con los olores de la UCI, y con sus ruidos, luces y actividad.

 

 ‑Deliciosamente, gracias.

 

 Sonrió a Trygve al decirlo y, bajo la atenta mirada de él, volvió a su quehacer en la cabecera de la enferma.

 

Era infatigable, la madre más abnegada que Thorensen había visto nunca, exhortando a Allie a despertar, flexionando sus extremidades, desentumeciendo los dedos, hablando siempre con ternura, tanto si disertaba sobre cuestiones generales como si le contaba alguna historia.

 

Le estaba describiendo la comida y las excelencias del tiempo cuando, de pronto, Allyson exhaló un débil gemido y ladeó la cabeza hacia su madre.

 

Page calló y la miró, prendidos los ojos de aquel movimiento.

 

Allyson volvió a su quietud habitual, flanqueada por las zumbantes máquinas.

 

Pero Page miró a Trygve con perplejidad.

 

 ‑Se ha movido.

 

¡Dios mío, Trygve, se ha movido! ‑Las enfermeras también lo habían advertido desde su cabina, y dos de ellas acudieron presurosas ‑.

 

Ha vuelto la cara hacia mí ‑les explicó Page con la faz surcada por sendos hilos de lágrimas, y se inclinó sobre Allie para besarla‑.

 

Cariño mío, has movido la cara.

 

Te he visto...

 

y te he oído, mi niña querida, he escuchado tu gemido.

 

 Permaneció al lado de su hija, llenándola de besos, y Trygve lloró al contemplarlas.

 

Una de las enfermeras hizo avisar al doctor Hammerman, que estaba en el edificio, y él se personó al cabo de cinco minutos.

 

Page le refirió los hechos y Trygve los confirmó.

 

Las enfermeras lo corroboraron en términos más científicos y mostraron a Hammerman los gráficos de las máquinas de control.

 

Tanto el movimiento como las ondas del sonido habían quedado registradas en el encefalograma.

 

 ‑Es difícil interpretarlo ‑dictaminó él, cauto‑.

 

Podría ser un buen indicio o una mera casualidad.

 

Ciertamente, no descarto la hipótesis de que haya sido un tímido avance hacia el mundo consciente, pero, señora Clarke, debe comprender que un gesto y un quejido no indican necesariamente que la función cerebral se haya normalizado.

 

Sin embargo, no quiero desanimarla.

 

Puede ser un comienzo.

 

Confiemos en que así sea.

 

 Las palabras del doctor Hammerman fueron conservadoras, pero nada ni nadie podía empañar el júbilo que embargaba a Page.

 

Aunque aquel día Allie no dio nuevas señales, a la mañana siguiente volvió a hacer lo mismo durante la visita de su madre.

 

Page telefoneó a Brad a la agencia para comunicárselo, pero le dijeron que estaba en Saint Louis.

 

Ella le siguió la pista hasta que al fin, por la noche, le localizó en el hotel.

 

Clarke se congratuló de la noticia, pero no se puso eufórico como era de esperar.

 

Al igual que el médico, le señaló a su mujer que tal vez no significaba nada.

 

 ‑Estoy segura de que mi hija me oye, Trygve ‑se desahogó Page con Thorensen, aún excitada.

 

Cenaban los cuatro juntos, y era la víspera de su escapada al restaurante Silver Dove‑.

 

Es como si gritaras en la boca de un agujero hondo y oscuro.

 

Al principio ignoras si hay alguien dentro y no oyes más que el eco.

 

Yo hace casi siete semanas que doy voces, y nunca escuché un solo sonido, excepto los que yo emitía...

 

Pero ahora, inesperadamente, alguien me responde, desde el fondo.

 

No me cabe la menor duda.

 

 Trygve deseaba de todo corazón que estuviera en lo cierto, pero, como los otros, prefirió no alimentar demasiado sus esperanzas.

 

 Durante el resto de la semana Allie rebulló levemente todos los días, pero no abrió los ojos, ni habló, ni dio muestras de entender lo que se le decía.

 

Sólo gemía y desplazaba un poco la cabeza.

 

Podía ser un síntoma muy significativo o, como había apuntado el doctor Hammerman, quedar en nada.

 

 La noche del jueves, Page aguardó emocionada que Trygve pasara a recogerla para ir a cenar.

 

Andy estaba en casa de Jane, donde su madre debía recogerle si regresaba temprano.

 

En el caso de que trasnochase más de lo previsto, Jane le había asegurado que no le molestaba que el chico se quedara a dormir.

 

El niño se acostó en la habitación de uno de sus hijos, enfundado en su pijama.

 

Trygve, por su parte, había llamado a una enfermera auxiliar para asistir a Chloe.

 

 ‑Estás deslumbrante ‑elogió a Page con franca admiración.

 

Lucía un vestido de seda blanca sin tirantes, un aderezo de perlas y un chal azul celeste sobre los hombros que armo nizaba a la perfección con el color de sus ojos.

 

Llevaba el cabello suelto sobre la espalda, como Allie en otros tiempos, aunque ella lo tenía más corto‑.

 

¡Colosal! ‑añadió Thorensen.

 

Page soltó una carcajada, montó en el coche y se encaminaron hacia el restaurante.

 

 Trygve había reservado una mesa para dos en un rincón tranquilo, y Page se llevó una sorpresa al comprobar que algunas parejas bailaban al son de una música romántica.

 

Era el lugar más idílico que había visto en muchos años.

 

Se sintió hermosa y halagada cuando se sentaron.

 

Thorensen pidió un vino especial y hojearon la carta.

 

él escogió pato asado y ella lenguado a la florentina, ambos tomaron sopa como entrante y Trygve puso el colofón con una mousse de chocolate.

 

Fue una cena exquisita, un marco de ensueño y una velada inolvidable.

 

Después bailaron, y Page se estremeció al arrimarse los cuerpos.

 

Le asombró lo fuerte que era Trygve, fuerte y flexible.

 

Se le reveló como un consumado bailarín.

 

 Salieron del restaurante a las once.

 

Page sonrió arrobadamente a Trygve.

 

Apenas habían probado el vino, pero estaba embriagada por la magia de la noche.

 

 ‑Me siento como si fuese Cenicienta ‑dijo, aún arrobada‑.

 

¿Cuándo me convertiré en calabaza? ‑Espero que nunca.

 

‑Thorensen sonrió, puso música en el coche y la llevó a casa.

 

 Al apearse y acompañarla hasta la entrada, también él se sentía como un chaval ilusionado.

 

Y cuando la besó junto a la puerta, todo se precipitó.

 

En el abrazo subsiguiente Trygve se elevó en la cresta de una pasión en auge.

 

 ‑¿Quieres pasar cinco minutos? ‑invitó Page, casi sin aliento.

 

 ‑¿.Vas a cronometrarme? ‑bromeó él‑.

 

¿Es ése mi límite? Ella rió y ambos entraron en el vestíbulo...

 

y no dieron un paso más.

 

Page ni siquiera encendió la luz.

 

Se quedaron allí, besándose a oscuras, y él tanteó ávidamente el cuerpo femenino, abrumado por su belleza y por un deseo incontenible.

 

 ‑Te amo, Page ‑murmuró en la penumbra‑.

 

¡Te quiero! Había esperado aquel instante durante dos meses, mientras capeaban el temporal que se había desatado sobre sus vidas, aunque en realidad quizá fueron años, o incluso toda una vida.

 

 Permanecieron los dos muy juntos, acunándose, prodigándose besos y arrullos, hasta que no pudieron contenerse más.

 

 Sin pronunciar palabra, Thorensen la guió hasta su dormitorio y, envueltos en penumbra, la desnudó.

 

Page lo dejó hacer.

 

 ‑Eres una preciosidad ‑susurró Trygve cuando cayó el vestido‑.

 

¡ Oh, Page! La devoró con los labios y con las manos.

 

Page lo desvistió a él y al fin se irguieron los dos desnudos bajo un tamizado claro de luna.

 

Luego Trygve la tendió amorosamente sobre el lecho y la acarició hasta que ella gimió de placer, se arqueó y ; lo atrajo hacia él.

 

Su unión fue poderosa, palpitante, entregados ambos a lo que tanto habían ansiado, en tan perfecta comunión que estallaron a un tiempo y al concluir yacieron exhaustos en los brazos del otro, aturdidos por la fuerza de sus sentimientos.

 

Guardaron un prolongado silencio, mientras Trygve acariciaba con delicadeza el cabello de Page y ella no dejaba de besarle.

 

 ‑Si hubiera sabido esto hace dos meses, te habría llevado a mi casa conmigo la noche del accidente ‑musitó.

 

 Page rió complacida.

 

 ‑No seas bobo...

 

¡Ah, cuánto te quiero! Lo más sorprendente era que no exageraba.

 

Trygve Thorensen resultaba ideal para Page en ámbitos en los que Brad nunca había encajado y ella se había negado a admitir, no sólo sexualmente, sino por afinidad de caracteres, temperamento artístico, la naturalidad en el trato o lo bien que sintonizaban ellos con sus hijos.

 

Ambos eran espíritus protectores, y se aupaban uno a otro con la gratitud de quien sabe que ha vivido mucho tiempo en un túnel y divisa por fin la luz.

 

Trygve se sentía como un desahuciado que hubiera revivido gracias a aquellos abrazos.

 

 ‑¿Dónde estabas veinte años atrás, cariño, cuando más te necesitaba? ‑bromeó.

 

 ‑Veamos.

 

En aquella época trabajaba en el ofj‑off Broadz.vay y asistía a clases de arte siempre que podía pagármelas.

 

!.

 

‑Me habría enamorado de ti con sólo verte.

 

 ‑Y yo de ti ‑repuso Page, aunque entonces todavía estaba desequilibrada a causa de la experiencia con su padre‑.

 

¿No es increíble? Podríamos haber vivido un montón de años en la misma comunidad sin conocernos jamás.

 

Y ahora, aquí estamos, con las vidas de ambos totalmente cambiadas.

 

 ‑Así es el destino, querida.

 

 El destino que glorificaba y que dnnstruía, y que a ellos les había dado ambos extremos.

 

Pero era la gloria la que ahora relucía.

 

 Charlaron extensamente hasta que, no sin renuencia, Trygve se levantó.

 

Tenía que volver a casa, junto a Bjorn y Chloe, y despedir a la enfermera auxiliar.

 

En el caso de Page, se había hecho tarde para recoger a Andy en casa de Jane.

 

Eran las tres de la madrugada.

 

 ‑¿Vas a quedarte aquí sola toda la noche? ‑preguntó Trygve horripilado.

 

Ella asintió‑.

 

No puedo consentirlo.

 

 Acabaron haciendo otra vez el amor, y eran ya las cuatro cuando Page, cubierta con un albornoz, le despidió con un beso en la puerta principal.

 

 ¿A qué hora llevas a Andy a la escuela? ‑preguntó Thorensen entre arrumacos.

 

 Estaba jovial, exultante, en un delirio, y Page también.

 

Eran como dos amantes juveniles y apasionados que no hallaban el momento de separarse.

 

 ‑A las ocho.

 

 ¿Y cuándo vuelves? ‑dijo él con afectado tono de desesperación.

 

 ‑A las ocho y cuarto.

 

 ‑Estaré aquí a las ocho y media.

 

 ¿Dios mío, eres un maníaco sexual! Trygve se apartó un instante y exclamó: ¡ Vaya, ¿no te lo he contado? ! Debes saber que ése fue el motivo de que Dana me abandonase.

 

La pobre estaba consumida.

 

 Los dos se echaron a reír y se dieron un beso más.

 

La verdad era, por supuesto, que los Thorensen no habían tenido ningún contacto físico en los dos últimos años, y Trygve incluso llegó a pensar que su virilidad se había nnsecado".

 

Pero, se secara o no, la savia había vuelto a manar...

 

y a borbotones.

 

 ‑¿Qué harás mañana? ‑preguntó.

 

 ‑Ir al hospital.

 

 ‑Vendré a desayunar contigo y te acompañaré.

 

 Page aceptó y él, tras besarla nuevamente, se apartó de sus brazos y se obligó a caminar hacia el vehículo.

 

Ya en la portezuela, regresó y le dio el beso definitivo.

 

Los dos soltaron una carcajada y al fin Thorensen consiguió regresar a su casa.

 

 Fiel a su palabra, estaba otra vez allí a las ocho y media.

 

; Page no le esperaba, pues había creído que hablaba en broma.

 

 Después de ir a buscar a Andy y llevarle al colegio, se puso a trabajar en casa.

 

Al llegar Trygve hacía la colada, risueña y canturreando.

 

 ‑Buenos días, mi amor ‑la saludó él, exhibiendo un ramo de flores.

 

Era el hombre más romántico y más adorable que Page había conocido‑.

 

¿Cómo está ese desayuno? No pisaron la cocina.

 

Trygve empezó a besarla una vez más y cinco minutos después estaban en la cama, aún deshecha y tan incitadora como la víspera.

 

.

 

¿Crees que a partir de hoy volveremos a hacer algo a derechas? ‑dijo Thorensen unas horas después, colocándose de lado y admirando el cuerpo de Page.

 

;, ‑Lo dudo.

 

Tendré que renunciar a mis murales.

 

 ‑Yo dejaré de escribir.

 

 Sus agendas de trabajo eran tan flexibles, sus vidas tan libres y su mutuo deseo tan voraz, que se recrearon pensando en el tiempo que tenían para saciarlo.

 

 ‑¿Hay servicio nocturno de guardería en la escuela de Andy? ‑preguntó él con voz traviesa, entre una nueva andanada de besos.

 

 Pero esta vez Page le echó de la cama.

 

Eran las once y debía ir al hospital.

 

Ahora que Allie había empezado a mejorar, aunque fuera mínimamente, no quería desperdiciar ni un solo segundo.

 

 Trygve la acompañó en la UCI la primera hora, y luego fue a casa para trabajar y ocuparse de Chloe.

 

 ‑¿Nos vemos esta noche? ‑sugirió.

 

 Page meneó la cabeza e hizo una divertida mueca.

 

 ‑Andy estará en casa.

 

 ¿Y mañana? ‑persistió Trygve.

 

 ‑Mañana pasará el día con Brad.

 

 Page soltó una risita de picardía y la enfermera sonrió.

 

Era agradable ver buenas caras de vez en cuando.

 

 ‑¡Magnífico! ‑se alegró Trygve ante la perspectiva de que Andy saliese el sábado con su padre‑.

 

¿Qué prefieres comer, caviar o tortilla? Page se acercó a él y le dijo quedamente, para que nadie más la oyese: ¿Qué tal un bocadillo de mantequilla de cacahuete y un revolcón en el heno? ‑Se rió de su propia ocurrencia y él le dedicó una sonrisa maliciosa.

 

 ‑Es una idea excelente, cariño.

 

Ahora mismo voy a prepararlo todo.

 

¿Lo querrás normal o ración doble? ‑¡Trygve Thorensen, eres un descarado! ‑Te amo ‑dijo Trygve, la besó tiernamente y salió de la UCI.

 

 Era del todo descabellado, pero ella le correspondía.

 

Ni siquiera al centrar su atención en la figura inerte de Allie se borró de su rostro la expresión beatífica que exhibía.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO XVI

 

 

 

 

 

Brad le habló a Andy de su relación con Stephanie un sábado del mes de junio y los presentó durante un almuerzo en Prego, un restaurante de Union Street.

 

Andy la repasó de arriba abajo suspicazmente y ella estuvo muy tensa.

 

Vestía unos vaqueros blancos ajustados y camiseta roja.

 

Hasta el niño tenía que admitir que era una mujer guapa, con su cabellera morena y grandes ojos verdes, pero era obvio que le caía antipática desde el momento en que la vio.

 

Le habló con tono desabrido e incluso fue grosero varias veces en el curso de la comida, desmereciéndola en todo para acto seguido ensalzar el aspecto y las virtudes de su madre.

 

 ‑Andy ‑le reprendió su padre ya a los postres‑, pide perdón a Stephanie.

 

 Le dirigió una mirada fulminante.

 

 El pequeño proyectó orgullosamente la barbilla y fingió no escucharle.

 

 ‑No pienso hacerlo ‑dijo, taciturno, mirando su helado.

 

 ‑Has sido muy descortés al decirle que tenía una narizota.

 

 Brad se habría reído de aquello de no ser porque Stephanie se sintió visiblemente insultada.

 

No tenía hijos y aquello no le hizo ninguna gracia.

 

No encontró a Andy monísimo, sino díscolo y mal educado, y en su opinión Brad debería haberle dado una buena azotaina.

 

Era el típico niño mimado, y no había dejado de criticarla durante todo el almuerzo.

 

También le había dicho que llevaba los pantalones demasiado ceñidos y que le faltaba pecho.

 

Había proclamado que su madre tenía un tipo mucho más esbelto, que era más elegante y más simpática, que cocinaba como nadie, mientras que Stephanie probablemente no sabía ni freír un huevo, y que había pintado un mural en su escuela que causaba la admiración general.

 

Y sin guió cantando las alabanzas de su madre, a la vez que resaltaba  los defectos de Stephanie, ya fueran reales o imaginarios.

 

Otra cosa que hizo, sin proponérselo, fue poner de relieve que Stephanie no tenía ni idea de tratar a los niños y que su sentido del humor era bastante limitado.

 

 ‑La detesto ‑gruñó el niño con tono casi inaudible y con la vista fija en la mesa.

 

 ‑En ese caso ‑respondió prontamente Stephanie para adelantarse a Brad‑, no te invitaremos a comer nunca más.

 

Si tanto nos odias, quizás hasta dejemos de sacarte los sábados ‑dijo despechada.

 

 Brad se sintió violentado.

 

Quería apoyarla, pero debía ayudar también a Andy...

 

siempre que se comportase dentro de ciertas pautas.

 

 ‑Te llevaremos a pasear los sábados ‑dijo con calma, observando a los dos y tendiendo la mano hacia Andy para tranquilizarle.

 

Sabía que estaba asustado y nervioso, pero quería que simpatizase con Stephanie.

 

Era esencial que congeniaran, porque si se declaraban mutuamente la guerra todo se complicaría‑.

 

Yo iré a verte los sábados, algún fin de semana completo y siempre que las circunstancias lo permitan.

 

Sin embargo, sería mucho mejor si pudiéramos salir los tres juntos.

 

 ‑No lo creo.

 

¿Por qué tenemos que cargar con ella? ‑protestó Andy, como si Stephanie no estuviese allí.

 

 Ella se sulfuró, pero Brad la conminó al silencio.

 

 ‑Porque es amiga mía y me siento bien a su lado ‑contestó al niño‑.

 

También a ti te gusta llevar a tus amigos cuando sales por ahí, ¿no? Es más divertido.

 

 ¿Por qué no puedo traer a mamá? ‑insistió el pequeño.

 

 “Porque nos aguaría la fiesta", pensó Clarke, pero se abstuvo de decirlo.

 

 ‑Ya sabes lo difíciles que están las cosas entre nosotros.

 

Tú eras el primero en disgustarte siempre que nos oías pelear.

 

En cambio, Stephanie y yo nunca reñimos.

 

Somos buenos amigos y lo pasamos en grande.

 

Podríamos ir los tres al cine, a partidos de béisbol, a la playa, y hacer muchas cosas más.

 

 Andy miró a su enemiga con desdén y aventuró: ‑Apuesto a que no sabe nada de béisbol.

 

 ‑Le enseñaremos ‑repuso Brad sin perder el aplomo.

 

 Brad volvió a mirarles de hito en hito.

 

Los dos estaban igualmente incómodos, ceñudos e infelices.

 

Se había precipitado al juntarles, e iban por mal camino.

 

Quizás era preferible esperar un poco más y continuar saliendo a solas con su hijo.

 

Pero, antes o después, Andy tendría que acostumbrarse a Stephanie.

 

Habían hablado otra vez de matrimonio y ella se había mostrado tajante en que o se comprometían de inmediato o cortaba la relación.

 

Después de más de diez meses, y habiendo visto tan de cerca su ruptura con Page, Stephanie consideraba que ya había tenido suficiente paciencia.

 

Ahora quería comprobar si Brad estaba dispuesto a llegar hasta el final.

 

En caso contrario, dejaría de verle y exploraría otras vías, otras salidas que no eran precisamente del agrado de él.

 

Tras lo mucho que habían pasado, Brad no quería perderla.

 

Stephanie era casi una mampara de seguridad, un escudo amortiguador de la soledad que sentía sin Page, Allyson y Andy.

 

Y también la amaba, aunque últimamente su romance había sufrido algunos altibajos a causa del trauma que supuso el accidente de Allyson.

 

Encima, Andy no daba facilidades.

 

Decididamente, la vida era muy compleja.

 

 ‑Quiero que los dos pongáis algo de vuestra parte ‑dijo Brad con actitud imperiosa‑.

 

Hacedlo por mí.

 

Os quiero a ambos y deseo que seáis amigos.

 

¿Trato hecho? ¿Lo intentaréis? ‑les instó como si fueran un par de críos.

 

La verdad, a juzgar por la postura petulante que adoptó, Stephanie no parecía mucho mayor que Andy.

 

 ‑Está bien ‑concedió el niño a regañadientes, mirando a Stephanie con odio concentrado.

 

 ‑A ver cómo te portas ‑le espetó ella.

 

 Brad reprimió un gruñido y pagó la cuenta.

 

 ‑¡Basta ya! Sois un par de impertinentes.

 

 Tuvieron una tarde de perros.

 

Fueron al parque de Marina y pasearon por la playa en un silencio casi sepulcral.

 

Al rato, Stephanie dijo que tenía frío y quería volver a casa.

 

Andy sólo había abierto la boca para responder a las preguntas de su padre.

 

A Stephanie no le dijo absolutamente  nada hasta que, cuando la dejaron en su piso, Brad le ordenó que se despidiera de ella.

 

 Camino de casa, se detuvieron unos minutos en el nuevo apartamento de Clarke.

 

Al ir al baño, Andy vio algunos artículos femeninos en la repisa del lavabo y un albornoz rosa colgado de la puerta, lo cual le deprimió todavía más.

 

 ‑No has sido muy amable con ella ‑le regañó suavemente su padre, de nuevo en el coche ‑.

 

Stephanie significa mucho para mí, y quiere caerte bien.

 

 ‑¡Mentira! Ha sido odiosa conmigo desde el primer momento.

 

Sé que me aborrece.

 

 ‑No lo creas.

 

Lo que ocurre es que no conoce a los niños y te tiene un poco de miedo.

 

¿Por qué no le das una segunda oportunidad? El tono de Clarke era casi de súplica.

 

Habían pasado una tarde infernal y sabía que Stephanie le montaría un numerito en cuanto regresara a la ciudad.

 

 ‑A Allie tampoco le gustará ‑remachó Andy, y a Brad esas palabras le traspasaron el alma.

 

 Dudaba mucho de que Allyson volviese a estimar o censurar a nadie.

 

Sus recientes movimientos no habían prosperado.

 

 ‑Pues hará mal ‑dijo, para entablar diálogo.

 

 ‑Y mamá nunca simpatizaría con ella.

 

Está muy flaca y es una estúpida.

 

 ‑No lo es.

 

Estudió en Stanford, tiene un buen empleo y es muy inteligente.

 

¡Qué poco la conoces! ‑¿Y qué? Es una cretina.

 

 Se había cerrado el círculo y Brad trató de distraer a su hijo charlando de otras cuestiones, pero Andy no estuvo nada comunicativo.

 

Se limitó a mirar por la ventanilla en obstinado mutismo.

 

 Su padre le dejó frente a la casa y, al arrancar, saludó a Page con la mano.

 

Se sintió tentado de frenar y decirle algo, pero le habría exigido demasiado esfuerzo.

 

Estaba malhumorado y tenía prisa por volver junto a Stephanie para consolarla.

 

Sabía cuánto la habían contrariado las insolencias de Andy, ya que ella era un poco infantil en determinadas situaciones.

 

él era el único que podía aplacar su cólera.

 

Esperaba que Andy y ella  acabasen entendiéndose.

 

Pero, en el ínterin, entre los dos iban a convertir su vida en un suplicio.

 

 Ya en casa, Andy se mostró alicaído.

 

Page lo advirtió.

 

 ¿No lo has pasado bien? ‑le sondeó por la noche, al meterle en la cama.

 

Apenas le había dirigido la palabra durante la cena.

 

Habitualmente, Andy comentaba con detalle los encuentros con su padre‑.

 

¿Te duele algo? ‑insistió Page.

 

 Le palpó la barbilla y la frente, pero no tenía fiebre.

 

Más bien estaba frío, con los ojos apagados y la cabeza hundida en la almohada.

 

 ‑No ‑contestó el niño.

 

Se hallaba al borde de las lágrimas y su madre no quería dejarlo solo‑.

 

Papá ha dicho...

 

No puedo contártelo.

 

‑No quería heri a su madre.

 

 Habéis tenido algún altercado.

 

 Tal vez Andy había hecho una travesura peligrosa y Brad le había dado una azotaina, aunque no era su estilo.

 

 El pequeño meneó la cabeza y persistió en su hosquedad.

 

 Pero, al cabo de un minuto no pudo contenerse más y se echó a llorar.

 

 ‑¡Vamos, cariño, cuéntaselo a mamá! ‑exclamó Page, acostándose a su lado y abrazándole cálidamente ‑.

 

Papá te quiere mucho, aunque hoy os hayáis enfadado.

 

 ‑Sí, pero...

 

‑Acurrucado contra su madre, se le atragantaron las palabras ‑.

 

Tiene una novia.

 

Se llama Stephanie ‑balbuceó.

 

Ya estaba dicho.

 

 Page sonrió también entre lágrimas, sin dejar de estrechar su cuerpecito.